Un año que me desarmó (2025)

Pocos años me he sentido tan ignorante y, a la vez, tan excelso. Mis periodos de brillantez se han visto rodeados por baches de oscuridad. Ha sido un año en el que mi mayor riqueza ha sido el aprendizaje, aunque —para mi pesar— mi fortuna haya sido más espiritual que monetaria.

En medio de esos baches y crestas he seguido reflexionando sobre cómo el arte está mediado por las obsesiones. Los artistas abrazan con ahínco ciertos temas y los vuelven propios, explorando variantes y ensayando posibilidades más por una necesidad íntima que por una forma de ocupar el tiempo. Durante mucho tiempo pensé que el dibujo y la pintura eran un “plus” dentro de mi oficio de diseño —una manera de no presionarme—. Sin embargo, viendo los logros y el tiempo que invertí este año, puedo finalmente abrazar la idea de convertirlos en mi actividad principal: ya sea ejerciendo como docente, integrándolos en lo que diseño, recibiendo encargos, realizando murales o participando en exposiciones, como ocurrió casi de manera fortuita para mí este año.

Uno de los momentos más significativos de este año fue la selección de mi obra Danzarina por parte de la Fundación BAT, entre cerca de 1.900 piezas enviadas a una exposición regional que recibió trabajos de Atlántico, Bolívar, Cesar, Córdoba, La Guajira, Magdalena, San Andrés, Providencia y Santa Catalina, y Sucre. Aún me cuesta dimensionarlo. Me recordó esa sensación de mi infancia, cuando salió mi nombre en el periódico de la ciudad —cuando los periódicos eran importantes—. Tomé el diario que alguien había lanzado hacia nuestra casa y repasé una y otra vez mi nombre, en un acto que oscilaba entre la sorpresa y la incredulidad.

Otro momento importante del año fue el mural del Mercado de Granos de Barranquilla. No fue solo un diseño elegido: fue una pieza que luego pinté y que evolucionó gracias a la tutoría de un profesor. Ese proceso me intimidó más de lo que esperaba. Había una mezcla rara entre felicidad y temor, como si la misma emoción de estar ahí se viera consumida por la ansiedad de no saber si estaría a la altura. Es algo que todavía estoy aprendiendo a manejar: no dejar que la ansiedad llegue antes que la actividad, no permitir que el miedo opaque la experiencia misma de crear.

La finalización del Ciclo de Pintura en la EDA (Escuela Distrital de Artes) fue un terreno agridulce. Ya lo había sentido al graduarme del ciclo de dibujo, pero esta vez lo viví más hondamente: esa sensación de ser despojado de un hogar. Suena un pito de alerta, como antes de un vendaval, y uno recoge sus obras de manera casi comunitaria, sin decoros ni cordialidades, presionado por la premura, viendo cómo se despide de un lugar que le fue cercano mientras se aleja en el coche. Es un cierre que llega como una bofetada, sobre todo cuando varios egresados no asistimos a la ceremonia de grado debido a que se trasladó de las instalaciones en que dábamos clases hacia otro lugar para servir a fines ajenos, lo que solo resalta cómo la agenda diplomática tiene prioridad sobre nuestro lugar como estudiantes o egresados, el resultado claro de llevar a lo educativo decisiones propias de una fábrica.

Al final se repite un guion que he vivido antes: los compañeros y amigos que uno hace toman su propio camino; con suerte, alguno te dirigirá la palabra. Con el tiempo, esas conversaciones que antes eran cercanas se vuelven mensajes breves, casi formales, más por cortesía que por afecto, como si con la pérdida de los lugares comunes la empatía se fuera desvaneciendo poco a poco. Y en lo personal he aprendido que me ilusiono al hablar con las personas, en la posibilidad de tener conversaciones sinceras y empáticas. Pero no todos tienen la apertura o el interés para eso, y cuando el tiempo pasa y ya no hay puntos de encuentro, con suerte queda un hilo de contacto. No es algo que uno controle: simplemente ocurre, y uno sigue adelante con esa mezcla de nostalgia y resignación.

Aun así, soy agradecido. Tuve la oportunidad de acoger y contagiarme de la animosidad, la pasión y las voces de grandes maestros. Al final, eso es lo que queda con el correr del tiempo: las voluntades, los gestos, lo ocasional que se vuelve esencial.

También tuve la oportunidad de colaborar como asistente en un mural en Barrio Abajo, y allí aprendí otras formas de proceder. Ese proceso me permitió vivir un poco el ambiente creativo urbano: entender cómo las personas reaccionan ante algo que transforma su espacio, observar cómo otros enfrentaban las vicisitudes de una agenda ocupada, y reconocer la importancia de la resistencia física y la capacidad de manejarse en alturas. Fueron experiencias que me dieron luces del quehacer muralista más hondamente y me permitieron volver a tocar la brocha en un momento en que me había desconectado de la animosidad inicial. Queda como tarea para el próximo año participar, aunque sea de manera voluntaria, en ver la pared como un lienzo más, y poder hacer algunas obras por fuera de la solicitud de un encargo o convocatoria.

Este año, con el Colectivo Prisma y con los trabajos por fuera de la jaula de los dispositivos, pude ser más feliz en ciertos momentos. Allí mi energía personal resonaba lejos de las presiones, y podía mirar y dialogar con otros por fuera de mis cavilaciones. Creo que ese entorno es más cercano a mi naturaleza, a la persona que puedo ser cuando estoy en sintonía con mi propio potencial.

Siento, desde mi interior, que este año exploré más mis emociones. Pude hacer algunas obras vinculadas a ellas, incluso una serie de stickers cuyas frases resonaron con otras personas. Sin embargo, muy a mi pesar, siento que aún no he logrado una comunicación efectiva de esas sensaciones. Pienso en ello como un potencial creativo por desarrollar. He mejorado dibujando rostros y gestos, pero también sé que debo expandir mis motivos, y eso lo haré mediante los disparadores creativos que hemos venido trabajando en el taller del Colectivo Prisma de Desbloqueo Creativo.

Por otra parte, resalto la importancia de haber realizado el Curso de Desbloqueo Creativo. Fue una tarea ardua que, más de una vez, me hizo querer comprar un boleto a Suiza y perderme por las Bahamas —como si tuviera dinero para eso—. Junto con Iván Rodríguez lo desarrollamos arduamente durante varios meses, pensando y repensando los procesos creativos desde la honestidad de lo que se puede hacer con un esfero y una hoja en blanco, revisando fuentes, cuestionando supuestos y, cuando no sabíamos, sirviendo desde la duda.

Considero que la inspiración es algo que a veces se busca, pero también aparece en el hacer y se ofrece a otros. Y cuando florece, nos rebota. Ver a otros contentos con esos procesos me hace estar atento a lo que ellos puedan crear, y me compromete a acoger a ultranza los disparadores y los conceptos de creatividad. Aunque, siendo sincero, el término “creativo” todavía me intimida: es un poco como revelarse como mago cuando aún se está barajando el mazo de trucos.

Este año también me deja la tarea de entender cómo funciona el mercado del arte para poder subsistir: las galerías, la venta de cuadros, la circulación de obra. No desde la ambición, sino desde la necesidad de comprender el ecosistema al que, queriéndolo o no, uno termina perteneciendo cuando decide tomarse en serio su oficio.

Retomo para finalizar este año esa idea que parece venir a mi mente desde hace mucho tiempo: al final son muchas las cosas que me van aconteciendo, y queda en mí la tarea de construir una historia con aquello que sucede. Fue un año que me dio varias herramientas; para el próximo deberé buscar estabilidad en lo personal, en lo financiero y en la disciplina. Espero aprender algo pequeño cada día, pero que vaya transformando mi sentir, mi experiencia y mi capacidad, y que poco a poco pueda hacerme más libre de mis propias ataduras.

3 comentarios

  1. Excelente reflexión Carlos, me ha llegado al corazón cómo lo pones en palabras. Me alegra infinitamente que esté año haya sido de tanto crecimiento para ti como artista y psrsona. Por un 2026 esperando ver más de tu bello trabajo!

  2. Un año de grandes obras y que venga lo mejor 2026

  3. Una relación de gran profundidad, retirando no solo la búsqueda personal sino la apertura a los demás

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